Silvio Rodríguez: Artesano de la canción popular

La vigencia de un compositor de fuste

Lunes 8 de octubre, 2018
Movistar Arena

Poesía hecha canción. Canciones tatuadas en la memoria colectiva. Muchas son las aproximaciones que podríamos hacer de Silvio Rodríguez, el trovador cubano convertido, en medio siglo de carrera, en uno de los cantautores más importantes de la música latinoamericana. Y uno de los más queridos: apenas apareció sereno sobre el escenario de un repleto Movistar Arena, se escuchó un rugido ensordecedor acompañado de aplausos de la incondicional audiencia local, que siempre ha colmado los lugares donde toca, sean teatros, arenas o estadios. Sea la capital o en alguna región (su primer concierto en esta pasada fue en Concepción, y en su agenda también aparece Viña del Mar). En esos primeros segundos de euforia, demuestra su estatus. Con tan solo un gesto, disolvió el ruido para transformarlo en el silencio expectante que antecedió a la primera canción. “La libertad tiene alma clara y solo canta cuando va batiendo alas”, partió cantando en ‘Yo te quiero libre’, una composición de ya casi cuatro décadas, y que en estos días suena celebratoria en la patria ante la conmemoración de los treinta años del triunfo del No.

Rodríguez, introvertido, inició así un show conciso pero mágico, no sólo por el ramillete de canciones interpretadas –con la fuerte carga emocional de cada una– o su carácter renovado y expansivo –gracias al apoyo de una banda de siete músicos de primer nivel–, sino por la sustancia artística de cada versión. Un cambio significativo. Ya poco queda de aquel Silvio tímido hasta la parquedad, que estando arriba del escenario y frente a miles de personas, intentaba esconderse bajo su boina, su bufanda y su atril. Lo de anoche fue especial por ese gesto de mostrarse lúcido, jovial, cercano; con un tono de voz dulce pero con experiencia, al que pareciera el tiempo congeló hace algún tiempo para hacer eterno su canto comprometido. Con ‘Judith’, ‘De la ausencia y de ti’ y ‘La gaviota’ –esa canción que compuso en Angola en 1977, como él mismo comentó– demostraba esta percepción, dejando a su vez que sus músicos se lucieran con fluidez y comodidad.

La tierna ‘Te amaré’ –acompañada solo en piano y flauta traversa–, la inoxidable ‘Óleo de mujer con sombrero’ –que terminó siendo cantada solo por el público–, y la apasionada ’Quién fuera’ –con un arreglo sutil aportado por sus virtuosos músicos, sobresaliendo la ejecución de su esposa, Niurka González–, selló uno de los momentos estelares y más emocionantes, para luego quedar solo en el escenario. O más bien, atrincherado con su fiel compañera: la guitarra. En ese momento, cuando se le ve solitario y hasta vulnerable, cuando en vez de cantar pareciese que más bien susurrase, es cuando se percibe su estampa, la de ese compositor revolucionario, histórico, revelador. La de ese sabio constructor de melodías del porte de su amada Cuba.

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Con la banda de vuelta, el compositor de 71 años interpretó clásicos cuyas nuevas versiones mantienen su sello continuador pero con toques diferentes, con aire fresco e ímpetu contundente. ‘Día de agua’, ‘América’, o ‘De pronto la tatagua’, apuestan justamente por orquestaciones que están en esa línea delicada de búsqueda para encontrar el ropaje justo para cada una, y así mostrarlas en tiempo presente aunque ya hayan sido cantadas mil veces. ‘Santiago de Chile’ es un claro ejemplo, coreada a viva voz por un público heterogéneo, y con un pulso en la batería que hasta demandó más potencia. El oficio de todos los músicos a este punto ya es encomiable. La delicada propuesta acústica y el trabajo de arreglos que se pasean entre el jazz fusión, el folclore caribeño y hasta dejos de soft rock, rejuvenecen estas canciones que se apuntan como patrimonios sonoros universales.

“¡Viva el Che. Viva el Che!”, repitió fuerte con su impertérrita convicción antes de ‘Jugábamos a Dios’. Una declaración clara y tenaz, de un hombre convencido en sus ideales y que tributaba así, a un día de una nueva conmemoración de su asesinato, al guerrillero argentino. De esa misma manera directa continuó con 'El necio', entonada con la pasión de un sobreviviente cuya lucha es perpetuar el legado revolucionario a través del canto con sentido. Todo se amplificó y la música palpitó en las venas en frases como “dicen que me arrastrarán por sobre rocas, cuando la revolución se venga abajo”. Momento sublime. Luego, vinieron los bises, porque el público local no quería que el concierto llegara a su fin. Las inmortales y gigantescas ‘Ojalá’, ‘Pequeña serenata diurna’ y ‘Sueño con serpientes’ tejieron el telón de fondo de una noche en la que Silvio Rodríguez mostró lo que elige ser hoy: un artesano de la canción popular que sigue perfeccionando su oficio, y que una vez más demostró estar en el alma y corazón del pueblo chileno.

César Tudela
Fotos: Juan Pablo Maralla

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