Nick Cave & The Bad Seeds: Deja la vida volar

El conmovedor regreso del compositor australiano

Viernes 5 de octubre, 2018
Teatro Caupolicán

En los últimos años, la vida de Nick Cave ha sido vertiginosa. Una montaña rusa que lo ha llevado a lo más alto en su carrera como artista, al mismo tiempo que lo ha hecho descender estrepitosamente, debido a la repentina muerte de su hijo adolescente en 2015. El australiano, como Dante de la “Divina Comedia”, inició un recorrido por los círculos del infierno, proceso del cual dejó registro en el lacrimógeno “Skeleton Tree”, último disco publicado y el cual ha transparentado sus etapas a través de películas, tanto en el proceso de composición como en su desarrollo en vivo. Como ha declarado, no tenía idea de cómo iba a reaccionar frente a la gente así como estaba: triste, irritable y desesperado, a veces en una especie de olvido o alivio temporal y de repente el recuerdo, la culpa, la necesidad de compartir más tiempo con su familia. En fin, vulnerable, como en ninguna de sus anteriores encarnaciones artísticas.

Nick Cave, gracias a la música, gracias a la sinergia que le significó desnudar sus emociones más profundas al público –“son una máquina de energía y las necesito para seguir”, declaró horas antes de su show en Chile en una conferencia de prensa–, consiguió sobrevivir a ese dolor extremo. A la pérdida. Llevando sus temores al arte y compartiéndolo con el mundo. Y la pasada noche fue el turno de mostrarse ante el público chileno, que esperó largos 22 años para ver al otrora predicador oscuro, loco y sensual, convertido en un elegante, gracioso, sentimental, gentil y apasionado crooner posmoderno.

Desde los primeros acordes de la escalofriante ‘Jesus Alone’ –la antítesis de ‘Tears in Heaven’ de Clapton–, Cave nos sitúa en el dramatismo de su desolación ante la realidad de la muerte. “With my voice I am calling you”, repite, mientras sus leales Bad Seeds –su brazo armado, dispuestos a hacer explotar todo donde sea– desplegados a lo ancho de un escenario ampliado, mantienen una vibra jubilosa e hipnótica. Sin embargo, a pesar de la tensión que se extiende con ‘Magneto’ cuando en pasajes susurra a capela y enfrenta con una cercanía envidiable a la primera fila de la audiencia que repletó el Caupolicán, el ambiente no es funerario. Todo lo contrario. Lo que ofrecen estos excelsos músicos es un show eufórico, quizás los más electrizantes que Nick Cave y su banda jamás hayan dado en sus más de tres décadas. Su voz profunda, a ratos trasnochada y quebrada, fue capaz no solo de emocionar, sino que de conmover. De llegar al corazón de todos los que estábamos atónitos presenciando uno de los shows con más sangre del último tiempo. Si no, pregúntenle a aquellos que le tomaron las manos al maestro y pudieron mirarlo a los ojos mientras les preguntaba si sentían el latido de su corazón en ‘Higgs Boson Blues’. Brutalmente intenso.

La cercanía del cantante con sus fanáticos es parte esencial de su performance. Sube a gente al escenario –a mucha gente–, en una invasión de fans (atónitos viviendo momentos inolvidables). Canta con ellos la cadenciosa y provocadora ‘Stagger Lee’, y también entre ellos, cuando se inmiscuye entre las sillas de la cancha hasta llegar a platea baja para interpretar ‘The Weeping Song’, donde también los hace aplaudir. Una intimidad honesta, y también atemorizante.

El vaivén de emociones durante el set es multicolor. Cuando visita ese repertorio elegante y vertiginoso proveniente del influyente “Let Love In” (1994) con ‘Do You Love Me?’, ‘Loverman’ y ‘Red Right Hand’, lo hace como si con la banda fuesen un tren de alta velocidad en pleno test de calidad, donde hay que demostrar poderío, resistencia y pulcritud. El show se vuelve vigoroso y catártico. Arriba del escenario se observa una ejecución al límite, comandada no por Cave sino por la performance del polifuncional y carismático Warren Ellis, un tipo estrafalario que salta, grita y se contornea casi a la par que el camaleónico frontman. Dirige a la orquesta y rockea con el violín, sacándole riffs y tirando el arco por los cielos. Canciones más clásicas y queridas, como ‘From Her To Eternity’, ‘Tupelo’ –la bestial oda a Elvis Presley–, o ‘Jubilee Street’, suenan renovadas y filosas gracias a sus intervenciones y arreglos, haciendo una música impredecible.

Por supuesto, el show es inexorable en la tristeza subterránea y visceral de Cave, a pesar de todo. Cuando el canto colectivo del público se funde en ‘Into My Arms’, el cuerpo se empieza a recoger y se comienza a sentir un frío incómodo por la espalda. Difícil no emocionarse hasta las lágrimas en ‘Shoot Me Down’ y ‘Girl In Amber’ (o al final, con ‘Push the Sky Away’ y ‘Rings of Saturn’). Es el corazón del concierto el momento de mayor fragilidad. De bella calma. Es en estos pasajes donde uno ve, finalmente, al Nick Cave triunfante. El que no se dejó derrumbar ni se dejo vencer por sus demonios. El que no se rindió. El que no le dio la espalda al público. Su vitalidad, a través de su capacidad por novelar su dolor, se puede respirar, mirar, oler, palpar y escuchar. Vivir esa intensidad en vivo, con su teatralidad rabiosa y selecta, con su dimensión de ritual, a su vez mágica, catedrática y ceremoniosa, será un recuerdo que se atesorará para siempre y del que se comentará por años.

“¿Qué se puede ver en vivo después de The Who?”. Con esa pregunta cerraba la crónica del concierto de los ingleses el año pasado. Jamás imaginé que la respuesta sería el impecable show de Nick Cave y su maravillosa orquesta, capaces de desgarrar el alma, dar un golpe de adrenalina con deseos de romperlo todo, para después volverte a constreñir. Tal como pude escribir cuando vi en el cine su “Distant Sky”, estos shows que lo trajeron de regreso a los escenarios son extraordinarios por mostrar esa faceta del artista viviendo un momento límite, dejando la tenebrosa sensación de que, hasta en esos terrenos inhóspitos de la desesperanza, se mueve con comodidad. Cómo no, si escribió sobre la muerte desde los primeros días de su carrera.

César Tudela

(Fotos: archivo)

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