Franz Ferdinand: Quemando la ciudad

La fiesta inagotable de los escoceses

Martes 9 de octubre, 2018
Teatro Caupolicán

La sensación era la de estar levitando. Lo de Franz Ferdinand en el Teatro Caupolicán fue como esos actos de magia callejera, donde no hicieron desaparecer edificios, sino que durante casi dos horas, hicieron flotar a todo el público. El gran truco fue proponerse un show que, de principio a fin, estuvo supeditado a la intensidad y el vértigo.

Los escoceses son casi de la casa. Sin llevar colgado sobre sus hombros el estigma chovinista de “ser chilenos” por sus reiteradas visitas –que han incluido Festival de Viña, Lollapalooza, y un show post-terremoto 2010 del que aún guardan recuerdos–, demostraron a punta de canciones con espíritu de hits y vocación bailable, el alto calibre de su nueva faceta creativa, cargada a sonidos luminosos, donde la pulsión del beat es la médula de su identidad.

Con un telón de fondo que advertía lo que se venía (con el nombre de la banda estampado con una estética tipo onda disco millennial), desde que salieron al escenario desataron una fiesta apabullante. Luego de una reverencia del vibrante Alex Kapranos hacia el público, abrieron fuego con ‘Glimpse of Love’ encadenada de ‘Lazy boy’, dos de las siete canciones que tocaron de su último disco, “Always Ascending”. Inmediatamente el teatro se transformó en una pista de baile. Sin preámbulos, arremetieron con velocidad y efervescencia. Ya en la pegada de clásicos de su repertorio como la sensual ‘No you girls’, la afiebrada ‘Do You Want To’, y la pegajosa ‘Walk Away’, Franz Ferdinand tenía el control total de las almas que colmaron el recinto de San Diego. Saltos. Aplausos. Gritos. Los más osados, intentaban imitar el desplante acrobático de Kapranos, quien rebotaba en el piso como si tuvieran resortes en sus zapatos.

Las tribunas temblaban y la cancha parecía una marea humana de movimiento constante. La complicidad entre público y banda se potenciaba cada vez que el vocalista encaraba y preguntaba cómo se sentían a punta de gritos. Y es que su rol va más allá de ser un frontman carismático e histriónico que hace partícipe a todos. Más bien es un entretenedor, un agitador de masas, al nivel de personajes de igual talante dramático como Dave Grohl. Además, destaca por su robustecido y profundo timbre de voz y tono inglés, cuyo color podría ser perfectamente el de un crooner. Un Michael Bublé del garage rock.

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Si bien los clásicos causan fervor, hay que también ser justos con sus nuevas canciones, donde el quinteto suena gigante, casi imperial. La médula de pop electrónico con la que se han redefinido –luego de la salida del histórico Nick McCarthy y el ingreso del guitarrista Dino Bardot y el tecladista Julian Corrie– es dinamita pura para hacer estallar no un club o un teatro, sino que ciudades enteras a punta de dance. Si en toda su carrera su sonido estuvo impregnado en el postpunk marca registrada de Talking Head, ahora también transparentan sus influencias de la electrónica de New Order y el hibridismo rockero de sus queridos Sparks. Hasta la iluminación se pone al servicio de ese beat frenético y acelerado.

Teclados y sintetizadores son protagonistas en ‘Paper Cages’, ‘Feel the Love Go’, ‘Finally’ y ‘Always Ascending’. En algunas, con Kapranos cediéndole a Bardot el espacio de la guitarra para sólo dedicarse a su ágil performance, recorriendo todo el escenario, subiendo el nivel de su ya plausible e inagotable desplante. El riff endemoniado de ‘Love illumination’ anticipó lo que se produciría luego en ‘Shopping for Blood’, toda una sorpresa por su condición de lado b y fundamentalmente porque no estaba en el setlist original. Un regalo más para estrechar los vínculos con los fanáticos de este rincón del planeta. Con 'Michael', se encendió aún más el fuego del Caupolicán, con sus tres guitarras que fueron un puñetazo atronador, y el prólogo ideal para los reconocidos riffs zigzagueantes de ‘Take Me Out’, esa canción perfecta con la que conquistaron a las radios en 2004, pero que no parece haber pasado de moda. Energía a tope y cantos de hinchada para el cierre de la primera parte, junto al pulso sintetizado de ‘Ulysses’.

El derroche de intensidad, en las veinte canciones que nos dejó esta pasada de los de Glasgow, mostró por el buen momento en el que están. La evolución de su rudimentaria propuesta original se blindó gracias a los sonidos binarios y digitales de los sintetizadores, sin que perdieran un ápice de su identidad, ya definida por la forma muy propia que tienen para hacer música al servicio del jolgorio colectivo. Y si bien no son un grupo particularmente virtuoso, a su favor tienen que tanto la elaboración de sus canciones como la construcción de su montaje en vivo, están en función a algo tan simple como pasarlo bien.

Una velada donde reinó el baile –aunque hubo un espacio intimo iluminado a punta de celulares en la balada alternativa ‘Slow don’t kill me slow’–, y que fue coronada con una estrepitosa y demoledora versión de ‘This Fire’, prendiéndole fuego a todo, con el maestro de ceremonias tirándose al público, guitarra incluida. El propósito era claro: Franz Ferdinand quería quemar toda la ciudad.

César Tudela
Fotos: Peter Haupt Hillock

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