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Utopia

Utopia

2017. One Little Indian

Ella misma lo dijo, hace 22 años: los audífonos salvan vidas. Lo hicieron en “Vulnicura” (2015), dejando al descubierto la vulnerabilidad y la herida abierta producto del quiebre de su relación con Matthew Barney. La música de Björk, en cada etapa de su vida, siempre ha sido un espejo fiel del paisaje emocional de su interior y esta vez, desatándose, las hebras de su corazón regresan al punto que marcó el idílico “Vespertine”, uno de sus trabajos más resplandecientes.

Sonidos de aves en medio de un estallido de luz sintetizada. Así comienza la efervescente ‘Arisen My Senses’, envolviendo al oyente completamente con su entramado onírico y afectuoso (“Simplemente aquel beso, lo era todo. Cada célula en mi cuerpo alineada hacia tí”). En la hermosa ‘Blissing Me’, en medio de arpas, bajos subterráneos y coros que recuerdan su gran trabajo del año 2001, Björk sigue en el ensueño: “Toda mi boca le besaba. Ahora, en medio del aire, le extraño. ¿Es este exceso de texting una bendición, o simplemente dos nerds de la música obsesionándose?”.

Pasando por el encantamiento, la magia, el dolor y la aceptación, la utopía de Björk busca una unión entre la naturaleza y lo digital. Aquellas cosas modernas que en 1995 esperaban tomar el mundo por asalto, siendo testigos de los sonidos irritantes de dinosaurios y de la gente, hoy confluyen en un híbrido amalgamado por el drama y la emoción, dando voluminosa vida al álbum más extenso entregado por la artista. El venezolano Arca, cuya participación en “Vulnicura” tuvo lugar una vez que el material había sido compuesto, esta vez tiene un rol clave. “Utopia” está producido y concebido por completo junto a él, y escrito en un noventa por ciento de forma colaborativa.

Grabaciones de campo, naturaleza, humanidad y pulsaciones mecánicas se unen en cada una de sus piezas. Está ‘The Gate’ con su impronta casi litúrgica, ‘Utopia’ con su urdimbre de flautas enigmáticas, la extensa ‘Body Memory’ con sus coros circundantes e inquietantes, la espectral ‘Features Creatures’ (con samples de los “Harmonic Whirlies” de Sarah Hopkins), la entrecortada ‘Courtship’ (con elementos de música sacra de Nueva Guinea, tomada del trabajo de Ragnar Johnson y Jessica Mayer), la amarga ‘Sue Me’ (explícitamente apuntando a su ex pareja y la batalla legal por la custodia de su hija, Isadora), la culposa ‘Tabula Rasa’ (“tabula rasa para mis hijos, no repetir los cagazos de los padres”) y la calma esperanzadora de ‘Future Forever’.

Con una atmósfera radiante y abrumadoramente envolvente, Björk aquí hace las paces consigo misma. Hace 40 años, en 1977 -y a la edad de 11 años- editó su primer álbum, repleto de versiones. Hace 20, entregó “Homogenic”, donde su corazón quedó al desnudo (“soy una fuente de sangre en forma de chica”) y comenzó a hacer retraimiento total del pop. Aquí, lo orgánico y la máquina dan fruto a uno de sus trabajos más alienígenas y conmovedores. Sus líneas finales “lo que le doy al mundo, tú me lo devuelves”, remiten a la máxima imperecedera de los mismísimos Beatles: “al final, el amor que te llevas es igual al amor que entregas”. Dando una vuelta completa, este disco está inundado por sólo una certeza definitiva: todo está lleno de amor.

Nuno Veloso

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