Marilyn Manson, “Mechanical Animals” y el Chile de los 90

El mejor disco del Reverendo y su profundo impacto en nuestro país

Ignorar a Marilyn Manson era imposible en el Chile de los noventa. Hay que recordar que en nuestro país la iglesia católica abusó de su poder e hizo gala de su ignorancia cuando le negó el paso a Iron Maiden en 1992 acusándolos de promover el satanismo. La aparición de un verdadero acólito de Lucifer como Brian Warner fue un bálsamo. De repente, los ingleses que antes algunos consideraban temibles empezaron a parecer unos bonachones al lado del Reverendo y su potente discurso, fielmente acompañado por una estética que llevaba el shock rock de Alice Cooper al extremo dentro de lo publicable en el mainstream. No se debe olvidar la enorme popularidad que tuvo aquí, un tapaboca a los conservadores de parte de una juventud ávida de provocación. 'La última tentación de Cristo' seguía censurada, pero al menos 'The Beautiful People' era número uno en Rock & Pop.

Yo iba en séptimo en 1998 cuando salió “Mechanical Animals”, y recuerdo que la portada del disco fue tema de discusión de muchos recreos en la escuela. Tenía compañeros absolutamente convencidos de que Manson se había sacado el pene y ahora tenía la entrepierna lisa de un Ken y los senos sin pezones de una Barbie. Los antiguos mitos urbanos en torno a su figura, el de su actuación en “Los años maravillosos” y el de la costilla extirpada para autofelarse, no eran nada al lado de semejante debate. Lo cierto es que pocos habíamos visto algo así antes. El Reverendo, para muchos, fue una figura absolutamente reveladora del atraso mental en el que vivíamos post dictadura. Apostólico, venía con una buena nueva: la libertad para pensar fuera del molde y la licencia para cuestionar los valores establecidos por máquinas opresoras como la iglesia, el conservadurismo social o la industria del espectáculo. El último tópico es uno de los más abordados en “Mechanical Animals”, un álbum lleno de mensajes que, sospecho, se perdieron en el camino mientras superábamos el asombro de ver a Omega, el personaje mitad Ziggy Stardust y mitad Thin White Duke que Manson creó para este disco y que aparece en la inolvidable tapa.

El esfuerzo conceptual invertido en “Mechanical Animals” va más allá de la poderosa foto de su carátula. El tercer disco del estadounidense y su banda supone una profunda transformación en la que se retuvieron elementos distintivos (la búsqueda de impacto, cierta oscuridad, el gusto por lo decadente), pero también se dejaron ir otros, especialmente en cuanto a sonido. Quedó atrás la impronta característica de “Portrait of an American Family” y “Antichrist Superstar”, dando paso a inclinaciones glam antes ocultas que configuran un sincero y devoto homenaje al espíritu de David Bowie y todo lo que encarnaba artísticamente (la excentricidad, la reinvención constante).

Desde un punto de vista instrumental, “Mechanical Animals” presenta canciones más fáciles de digerir para un público no tan dado al rock pesado, aunque en ningún caso es material ligero. Su densidad se concentra en mensajes mucho más amenazantes que los previamente entregados por el Reverendo Manson. Sus apuntes sobre la fama y los vacíos existenciales estaban cargados de realidad, venían del auténtico sentimiento de alienación de un artista demonizado por ser único, pero que al mismo tiempo estaba metido hasta el cuello en el star system rockero y sus dinámicas (por esos días incluso editó un libro autobiográfico para lucrar con el morbo en torno suyo). Con todo, el disco fue un inesperado despliegue de vulnerabilidad nacido en el corazón de un hombre malinterpretado que, ni siquiera al sentirse un anormal, desperdició la oportunidad de interpelar a su público y al mundo entero, Chile incluido.

Andrés Panes

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